Cuando
la conocí eran las dos de la tarde. Era primavera.
La
vi tirada debajo de un árbol. No se le movía ni un solo pelo.
La
gente pasaba a su lado y la ignoraba, yo no podía ¿Se había caído desde las
alturas? ¿Estaba durmiendo? Era muy pequeña para estar tan desprotegida. Me
causaba curiosidad, pero su serenidad me asustaba.
Pasaron
diez, quince, veinte minutos y nada. De no ver su pecho contraerse, hubiera
jurado que estaba muerta.
Una
brisa primaveral me llenó de coraje y fui hasta el manzano.
-Nena
¿Estás bien?
-Perfectamente
- me dijo sin abrir los ojos
-¿Te
caíste del árbol?
-Sí
y no - seguía sin moverse
-¿Cómo
que sí y no? O te caíste o no
Al
escucharme, una sonrisa se dibujó en su cara y se reincorporó.
-Estoy
probando una teoría que tengo. Esa de Newton y su manzana. Yo soy una manzana.
Y
claro que lo era. Tenía un vestido rojo que le llegaba hasta las rodillas, unas
alpargatas del mismo color y un moño
marrón que le sujetaba el flequillo juguetón. Su cabello era naranja, ese que
resulta de mezclar témperas de color rojo y amarrillo y nunca queda bien
definido. Su cara estaba llena de lunares. Uno en forma de estrella en su
cuello, tres que formaban un triángulo en su cachete derecho y otro perdido
entre el labio y la nariz.
-¿Y
para qué sos una manzana? Si se puede saber.
-
Para encontrar a mi Newton, o cómo se diga. Yo creo que así es como se conocen
las personas. Unas son manzanas que cuelgan de los árboles y otros son Newtons
que caminan perdidos por la vida hasta que son golpeados por las manzanas. En
ese momento, se hace la magia, o la ciencia, como más te guste llamarlo, y esas
personas no se pueden separar. No importa lo que pase, una no va a olvidar a la
otra.
-¿Y
cómo va la investigación? ¿Lo pudiste comprobar?
-Todavía
no. Vos sos el único que se me acercó
Se
recostó otra vez, cerró los ojos y me sonrió.
Así
conocí a Manuela, a sus diez años, en un septiembre que ya me resulta lejano.