Era un bar de mala muerte. Mesas y
sillas oxidadas. Ventanas ruidosas. Chirrido al abrirse, chirrido al cerrarse.
Lámparas que se prenden se apagan a propia voluntad. Un cantinero flácido,
mediocre, arruinado.
Odiaba ese lugar. Odiaba a la gente
que iba. Pero más odiaba ser parte de ellos, emborracharme con ellos y jugar a
los borrachos infelices.
Tres de la tarde. Cerveza caliente.
El cuello de la camisa empapado de sudor.
Smells like teen spirit de fondo. Tres chicos, no
más de quince años, fumando.
¡Qué idiotas! Ni agarrar el
cigarrillo saben. Le dan ganas a uno de reventarles la cara de una trompada y
decirles que vayan a estudiar. Pero después uno cae en la realidad de que si ni
al padre le interesa ¿Por qué a mí sí?
Tic- toc. Uno. Dos. Tres. Cuatro
¿Cuánto tiempo puede mirar uno un reloj sin aburrirse? Siete. Ocho.
La puerta se abrió. Un mínimo haz
de luz perforó la médula de todos los ojos.
Nunca la había visto.
Se sentó en una mesa frente a la
mía. Apoyó su maletín, y con sus manos blancas, se acomodó la pollera.
Vestía un traje rosa. Ese rosa que
aparece en el cielo cuando está atardeciendo "Mañana va a hacer
calor" Decía mi vieja cada vez que lo veía así.
Su pelo marrón y largo sujetado con
un pequeño broche color perla.
¿Acaso la pureza había cambiado de
color?
¡Ay, sus ojos! Cuando los vi, ya no
me sentí tan podrido. Eran miel pura, esa que se chorrea por la cuchara,
seduciendo al que la viera. Sus pestañas tenían el largo justo, y su nariz, tan
pulida por el diablo, escapaba de lo divino.
Los segundos pasaban y no se movía.
Cuarenta y uno. Cuarenta y dos. Tic-Toc. Tic-toc.
Inmóvil. Una estatua de Afrodita la
envidiaría.
Fui a pedirme otro trago. Al pasar
a su lado, mi nariz se arrugó al olerla ¿Narciso? ¿Los narcisos huelen así? No
lo sé, pero esa flor vino a mi cabeza. Esa diminuta creación tan enamorada de
sí misma.
Cuando me volví a sentar, cobró vida. Con sus minuciosos
dedos del maletín sacó un cofre rojo. Pequeño y pulcro como ella.
Lo abrió lentamente y con la gracia
de una ninfa, tomó aquello que guardaba tan preciadamente.
Notó que la miraba.
Con su dedo índice rozó sus labios.
Mi pulsó comenzó a acelerarse. La
comisura de sus labios me estaba llamando. La deseaba ¡Y cómo la deseaba!
Me llamó con sus manos. Sin emitir
sonido, tímido como virgen, me senté.
El cantinero se fue. La música dejó
de sonar.
Solo ella y yo, listos para
devorarnos.
Abrió su mano y me mostró que era
lo que le ocultaba al mundo.
Una bolsa.
No entendía su mensaje, pero no me
importaba. Ella me había buscado.
Quise tomar un sorbo de mi vaso,
pero mis manos no se movieron.
La abrió lentamente, sin apartar
sus pupilas de mi. Colocó su cabeza dentro y con sus manos comenzó a hacer
presión.
¿Estaba dormido? ¿Era la cerveza?
No. Ella y yo estábamos allí. Quise moverme. Evitar que hiciera eso, pero no
pude.
Mi respiración se entrecortaba, mis
manos seguían sin responder.
Su cara pálida se tornaba violeta.
Sus ojos se cerraron.
Quería irme de allí. No podía
presenciar tal pecado. No iba a haber suficiente alcohol luego para olvidar tal
pesadilla.
Mi garganta se secaba. No podía
tragar saliva. Mil agujas me atravesaban el pecho. Pinchasos y dolor en cada
una de mis costillas.
Un pitido me aniquilaba los
tímpanos. La negrura comenzaba a apoderarse de mí.
¿Una pesadilla? No. Era real, sus
manos no aflojaban, cada vez más. El aire que quedaba en la bolsa desaparecía.
Tic-toc. "¡El que aguanta más sin respirar gana!" Gritaba María antes
de hundirse en la pileta.
Uno. Dos. Tres. Mis manos traicioneras no me
podían ayudar. Cinco. Seis ¡Soltate por amor de Dios! Tus manos tan pálidas no
me gustan. Siete.
El aire. Ocho. Nueve. Diez.
Sonreía. Once. Doce. Náuseas. La comida del buffet subía con el bilis quemando
todo a su paso. Catorce. Quince. Aire, quiero aire. Dieciséis.
El pulmón se vaciaba. Mi cabeza se
rompía en mil pedazos. Diecisiete. No más.
"¡Perdió Martín, fue el
primero en aflojar!"